
EL ÚLTIMO TERCIO DE LA VIDA EXIGE OTRO TIPO DE HONESTIDAD
Hay momentos en que la vida se presenta como una decisión de puerta corrediza, y la elección que tenemos delante se vuelve más clara que la vida que nos condujo hasta ella.
Me encontré dentro de ese tipo de reconocimiento cuando dos futuros posibles se dispusieron ante mí con una claridad poco común. Uno de ellos continuaba por una trayectoria conocida. Podía regresar a trabajar dentro de una estructura que ya había superado, aceptar la presión económica que aquello implicaba, y organizar los años venideros según condiciones que yo no había establecido.
El otro futuro posible me pedía entrar en un territorio que nunca había habitado plenamente: crear mi propio trabajo, construir mi propia estructura, y diseñar una vida capaz de sostenerme económica, profesional, espiritual, y físicamente.
Vi ambos futuros con claridad. Esa claridad surgió al comprender que una parte considerable de mi vida ya había quedado atrás, mientras que los años venideros exigían una elección que ya no podía seguir aplazando. La antigua expresión la vida es corta dejó de sonar como una frase conocida y se convirtió en un hecho organizador. Tenía que decidir cómo quería medir los años que tenía por delante.
Muchas mujeres llegan a un umbral semejante sin nombrarlo de inmediato.
Tienen las destrezas para continuar, la reputación para permanecer, la disciplina para resistir, y la capacidad para seguir produciendo dentro de estructuras que ya comprenden. La competencia puede hacer que continuar parezca razonable mucho después de que la vida interior haya comenzado a pedir otro tipo de honestidad.
En determinado momento, la cuestión deja de ser si puedes seguir adelante. La cuestión más profunda pasa a ser si la vida que continúas sosteniendo todavía refleja a la mujer en quien te estás convirtiendo.
El último tercio de la vida cambia la naturaleza de ese examen. Es aquí donde comenzamos a ver en qué lugares la responsabilidad se ha convertido en una manera de evitar la verdad.
Comenzamos a observar qué fuentes de tensión hemos normalizado porque nos resultan conocidas. Comprendemos dónde la utilidad ha reemplazado la dirección propia y dónde la seguridad se ha vuelto demasiado costosa para la vida que realmente queremos vivir.
Para mí, los detalles de la nueva vida nunca fueron superficiales. La oficina en casa era importante porque me permitía tener cerca a mis perros y a mi gata mientras trabajaba. También eran importantes la posibilidad de construir desde mis propios criterios y liberarme de una presión económica innecesaria. Y no puedo expresar suficientemente cuánto significaba, durante aquellos momentos de reflexión, la oportunidad de crear un trabajo que reflejara mi mente, mi experiencia, mi ritmo, y mi autoría.
Esos detalles constituían evidencia del tipo de vida que estaba eligiendo habitar. Y lo mismo puede que sea cierto en tu experiencia.
Tu vida se construye mediante las condiciones en las que aceptas vivir. Cuando esas condiciones reflejan supuestos antiguos, el futuro repite silenciosamente el pasado. Cuando reflejan la verdad presente, el futuro comienza a adquirir otro tipo de autoridad.
Durante la próxima semana, examina los lugares de tu vida que llevan tiempo pidiéndote honestidad. Nombra las estructuras que continúas sosteniendo porque sabes cómo funcionar dentro de ellas. Identifica las formas de tensión que sigues justificando. Observa dónde tu competencia te ha permitido continuar participando en una vida que ya no refleja a la mujer en quien te estás convirtiendo.
Después, mira directamente los años que tienes por delante. Mídelos según las decisiones que estás dispuesta a tomar conscientemente, las condiciones que estás preparada para modificar, y la vida que estás preparada para crear con plena intención.
El último tercio de la vida nos pide mayor honestidad acerca de aquello a lo que seguiremos aferrándonos, aquello que soltaremos, y aquello que finalmente nos permitiremos construir.
